Tras la caída de Roma el antiguo imperio que tenía al mediterráneo como Mare Nostrum se redujo a la parte oriental, logrando sobrevivir hasta 1453 como ImperioBizantino. Continuó sintiéndose heredero del legado romano manteniendo sus instituciones y la religión cristiana. Fundamental en su historia es la división del cristianismo, cuyo antecedente está en la división imperial que Diocleciano realizó en el siglo III. Comienzan a destacar en Oriente los entonces obispados (actuales patriarcados) de Antioquía y Alejandría. Al fundarse en el 330 Constantinopla comienza la rivalidad con Roma, hegemónica en Occidente. La enemistad aumentó hasta que en el 1054 se produce el Cisma de Oriente, dividiéndose el cristianismo entre católicos y ortodoxos. Justiniano como su emperador más importante reúne todas las leyes imperiales, base del derecho occidental. De paso sacraliza su persona a través del cesaropapismo. El arte bizantino tiene su apogeo. El emperador León III tras el rechazo a los árabes toma una postura iconoclasta, rechazando el culto a las imágenes (717).