Tras la muerte de Carlomagno asume el trono imperial su hijo Ludovico Pío. Al momento de fallecer este último el imperio se divide entre sus hijos Carlos, Lotario y Luis en el Tratado de Verdún (843). Luis el germánico se hace cargo de los más importantes estados germánicos. De este modo se constituye el Sacro Imperio Romano Germano, el que fue en realidad un intento de revivir el Imperio romano de Occidente. Aunque sus fronteras se ampliaron de forma notable a lo largo de su historia los estados germanos fueron siempre su núcleo principal. Desde el siglo X sus gobernantes eran elegidos reyes de Germania y por lo general intentaban que los papas les coronaran en Roma como emperadores, aunque no siempre lo conseguían. Luego de Luis, Enrique de Sajonia trata de unificar el reino (919) y luego Otón I quiere revivir la grandeza romana (936) combatiendo a a los señores feudales y de paso agregando territorios del norte de Italia. Con Otón II el emperador maneja totalmente el papado. Sus sucesores Otón III y Enrique IImantienen el dominio pero enfrentan a duques y caballeros. Luego Conrado II y Enrique III mantienen su influencia sobre la Iglesia. Para el año 1049 el asesor del Papa León IX, Hildebrando sueña con una iglesia libre. Se comienza a condenar a los obispos nombrados por el emperador; también la venta de cargos. En el 1073 Hildebrando es ungido Papa con el nombre de Gregorio VII, llegando a prohibir los matrimonios para los sacerdotes y la compra de obispados. Enrique IV lo trata de usurpador del trono de San Pedro por lo que es excomulgado. El Papa es apoyado por nobles. Enrique IV viaja a Canossa. En el 1152 asciende al trono Federico Barbarroja quien robustece la unidad alemana. Busca la grandeza romana logrando ser coronado en Roma en el 1155.